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21 junio 2026

COLEGA, ¿DÓNDE ESTÁ MI KIMONO? (II)


Lo prometido es deuda, como diría un ministro de hacienda. Aquí estoy para completar el repaso a la relación entre cómic y artes marciales que empecé el mes pasado. Si te subes al bajel de Escribiendo Cómics en este puerto, solo has de ir a este enlace para saber de qué estoy hablando. No es necesario pero sí interesante que empecéis por el de mayo antes de leer este. No me enrollo más y vamos a la almendra.

Antes de ir con otros mercados, dejad que haga una especie de adenda dentro del universo yanqui. Ya fuera de los clásicos que se enumeraron en la citada entrada de mayo, me gustaría hacer referencia a alguna obra más moderna o que debido a la importancia que creo que puede tener, no hay que sacarla de esta ecuación en dos partes. Por ejemplo, El poder del fuego, de Robert Kirkman y el factor que hace que entre en este listado, es decir, Chris Samnee. Cualquier cosa que dibuje este hombre nunca será un truño. Ya pueda escribirlo Liefeld. La trama de El poder del fuego mezcla elementos arquetípicos del género con el humor que (casi) siempre está presente en las historias de Kirkman. Al menos cuando se adentra en terrenos ya trillados hasta la extenuación. Lo hizo con Invencible, lo hizo con The Walking Dead a otro nivel, y aquí lo hace igual. En vez de presentar al maestro venerable con pinta de romperse si le soplan pero que luego reparte leches como Bud Spencer, le añade un atuendo del meme del Sr. Burns con el monopatín al hombro y santas pascuas. Es reducir a la mínima expresión una herramienta que utiliza con fruición. Pero aquí lo que marca la diferencia entre decidir si empiezas la colección o no es el arte de Samnee. Es que no hay manera de encontrar una página a la que sacarle un pero. Eso, unido a que son treinta números y concluye, anima bastante a hacerse con alguna copia… que no sea en español. ¿Por qué? Pues porque lo editaba la ya extinta ECC, que si alguien no me corrige llegó al tomo 5 (de 6) y fue cuando echó la persiana. Casi es mejor que vayáis al material original de Skybound en digital.

Infinite Kung Fu es un popurrí de artes marciales y zombis autoeditado por su creador, Kagan McLeod, y editado aquí (Kung Fu Infinito) en su día (descatalogado ya por desgracia) por Norma Editorial. Pon de un lado a los Ocho Inmortales, los mejores guerreros dominadores del Kung Fu que existen. De otro a un emperador, que como buen mal emperador busca algo que le aleje de la condena eterna a diferencia del resto de mortales que mueren. Agrega una plaga de zombis al más puro estilo Kingdom (toma recomendación cruzada) y un héroe que se ve envuelto en todo este cóctel y sin el cual no se puede salvar la situación. McLeod, del que desconocía su existencia y trabajo hasta topar con esta obra, utiliza un blanco y negro tirado a base de pincel (o la técnica da todo el pego si es digital). Tiene un estilo muy original, con personajes estilizados y casi desgarbados, pero elegantes al mismo tiempo. Coreografías curradas y violencia sin cortapisas. Reminiscencias a todo meter de las pelis de artes marciales que dieron lugar al boom del furor por adaptar en los setenta y ochenta esas historias a otros formatos. Diversión pura en un formato listo para consumir, sin aditivos ni mierdas en conserva.

Y una más antes de pasar al mundo manga/anime: Ángel Callejero, de Jim Rugg y Brian Maruca. Es otra indie como la anterior pero bastante más conocido que Infinite Kung Fu y que también tuvo una edición en nuestro país de la mano de Edicions De Ponent, otro sello extinto al que acompañó la polémica tras la muerte de Paco Camarasa (ni una editorial que cese su actividad y no pase algo, no vayamos a tener un ecosistema sano). Street Angel vio la luz originalmente en 2004 bajo el sello Slave Labor Graphics, donde salieron cinco números, a los que siguieron material viejo y nuevo en formato webcomic (¡viva!) y su posterior etapa más larga en Image. La historia gira en torno a una niña llamada Jesse Sánchez, enfrentándose a ninjas, piratas y a lo que se tercie en un gueto de Angel City. No en vano es una experta en artes marciales que recorre las calles montada en su monopatín. Decidme si mola o no mola la premisa como para entrar con los ojos vendados. Encima el dibujo en glorioso B/N de Maruca es una gozada. De verdad que si no sabéis nada de esta obra, os recomiendo muy fuerte que le deis una oportunidad.

Al lío del manga, que ya seguro que alguno estaba pensando que no llegábamos nunca… pero antes, vaya por delante que aquí no he incluido obras que a la menor búsqueda seguro que os las catalogan como «de artes marciales», pero que a mi entender no es de lo que estoy hablando aquí. Por poneros dos ejemplos esclarecedores, si echáis de menos en este bloque a Vagabond o Rurouni Kenshin es precisamente porque en mi cabeza son historias de samuráis. A lo mejor la única diferencia con el resto que sí aparecen son las armas, pero eso ha hecho que tampoco incluyera anteriormente a Las Tortugas Ninja, a Shaolin Cowboy o sobre todo a Usagi Yojimbo. Hecha la aclaración vamos a ello.

Dragon Ball ha de estar el number one por muchos motivos los cuales no me voy a poner a enumerar. Alguno dirá que si no es un manga de artes marciales al uso, pero coño, si el protagonista no se quita el dogi desde el comienzo, que sí, que al principio es de un color y luego va variando, pero entre eso y que luego Goku cae bajo la tutela de Muten Roshi, o que se vienen enseguida los torneos mundiales de artes marciales, ¿alguien puede negarle la temática? Y despejada esa pregunta, ¿quién es el guapo de cara que no la incluiría en este repaso? Porque yo no, y como soy el que la está haciendo pues aquí estamos. Es indudable que cualquiera de mi generación ha crecido habiendo visto hasta la extenuación los capítulos que las autonómicas ponían y reponían con diferentes doblajes. Y que la pervivencia e influencia de los personajes creados por Akira Toriyama a nivel mundial van más allá de si los combates eran más o menos realistas, si las tramas se repetían como el ajo o las pegas que se le quieran poner.

El Puño de la Estrella del Norte (Hokuto no Ken) es otra que no podía faltar aquí. Para el que no sepa nada, imaginad que quitamos a Max Rockatansky del mundo de Mad Max y ponemos a Bruce Lee. ¿Mola o no mola? Pues a partir de eso, Buronson y Tetsuo Hara (más el segundo que fue quien tuvo la idea original) montan un universo ultraviolento en el que los débiles solo tienen un clavo al que agarrarse, Kenshirō, el sucesor número 64 del estilo de arte marcial «Hokuto Shinken», y el discípulo más joven del maestro Ryuken. Como dato idiota, ahora que en Prime Video han estrenado una nueva adaptación (después de la pionera serie del 84 a la que siguieron películas, OVAs y más series), cuando Ken usa sus técnicas y los enemigos acaban explotando segundos después sin saber qué ha pasado, en mi cabeza sonaba la voz de Amador Rivas diciendo «te miro y te golpeo». Más allá de la extrema violencia gráfica que puebla sus páginas, el mensaje de que alguien con el poder para pararle los pies a los opresores haga lo que es justo y no mire para otro lado, siempre es gratificante y necesario por muy simplón que suene.

Ashita no Joe es una historia que gira en torno a Joe Yabuki, de nuevo un chaval de la calle (debe ser el arquetipo más sobado de la temática lucha) que se topa con un viejo borrachín, y al negarle unas monedas para vinate se enzarzan en una pelea que acaba con el viejo comiendo suelo. Lo que sucede es que se trata de Danpei Tange, un antiguo boxeador que, asombrado por el talento natural de Joe, se empeña en entrenarlo y no ceja hasta que, tiempo en prisión mediante, consigue convencerlo de que tiene mucho que aprender. Pero un momento, diréis alguno, ¿boxeo? ¿el boxeo es un arte marcial? Pues sí, está catalogado como arte marcial sin armas y el hecho de que necesite de una base técnica (no es un concurso de darse tortazos) lo hace compartir espacio con otras artes marciales que sí nos vienen a la cabeza como tales. Volviendo a Ashita no Joe, tiene muchas virtudes, y una de ellas es el desenlace, acompañado de una banda sonora tremebunda. Este clásico creado por Ikki Kajiwara y Tetsuya Chiba en el 68, ha visto cómo se trasladaba al anime, al cine de acción real e incluso al teatro. Como curiosidad, el anime llegó a España al poco tiempo de estrenarse en Japón, de la mano de la productora y distribuidora Ízaro Films… los que tengáis una edad ahora mismo estáis viendo la mítica cortinilla que iba delante de las películas de Pajares y Esteso.

Kengan Ashura es una buena muestra de cómo un webcomic que se publica en una revista digital, en este caso Ura Sunday, acaba pegando el pelotazo y no solo tiene sus consabidos tankōbon, sino que su popularidad se dispara hasta el punto que Netflix hace una adaptación bastante exitosa y muy recomendable. ¿Sus ingredientes? Pues desde mi punto de vista tiene varios, algunos esperados, como por ejemplo un personaje protagonista atormentado por su pasado, en busca de una especie de forma de demostrar al mundo que no es el chico que salió de un gueto. Su nombre es Ohma Tokita, pero el verdadero protagonista para mi gusto, y es lo que hace especial a Kengan Ashura, es su compañero de aventuras, Kazuo Yamashita, un pobre hombre con una vida de mierda, que de repente se ve envuelto en el submundo de las peleas ilegales como representante de Tokita. Y su vida pasa de ser un agujero negro a ser un parque de atracciones, a veces con alegrías, a veces con tristeza, pero viviendo, que es algo que no había hecho en muchos años. Añadid a ese esqueleto que hay un torneo de lucha por medio, que las peleas están estupendamente coreografiadas, que los estilos de lucha son muy variados y bien documentados, y que los desenlaces no son a veces los esperados (muy de agradecer en esta temática que a veces es previsible). ¿Y qué me queda? Ah, los autores: Yabako Sandrovich y Daromeon. Hubo una secuela llamada Kengan Omega con otros personajes, pero no he tenido el placer, así que no sé deciros.

Y acabo con un tercer bloque dedicado a aquellos autores nacionales que pensaron que era una buena idea hacer este tipo de historias en un ecosistema no muy amable con ellas.

Empezamos con Shaolin Mutants, obra de Pere Pérez y que en su día publicó Aleta (juraría que está descatalogado). Para el que no lo sepa, Pérez no es que sea aficionado a las artes marciales, es que es practicante consumado, leo y copio: cinturón negro 2o tuan y profesor de Wing Chun Kung Fu, cinturón negro de Tai Chi, cinturón marrón de Judo, y cinturón azul de Hung Gar Kung Fu. Que sabe de lo que habla, vamos. No en vano, ya había sacado años atrás un tomo con la infame Dolmen, llamado Guerreros Urbanos, donde daba rienda suelta a dichos conocimientos, con un dibujo bastante más precario eso sí. En Shaolin Mutants mezcla artes marciales, mutantes… y dinosaurios.

Kung Fu Kiyo es anterior a la anterior por más de una década. Con la entrada del nuevo siglo, el guionista Hernán Migoya y el dibujante Man (Manuel Carot) le vendieron la idea a La Cúpula y allá que salieron 2 arcos divididos en 5 grapas en blanco y negro contando las aventuras de Kevin, un chaval que parecía el miniyo de aquel infraser de Gran Hermano que luego ha acabado en prisión por maltrato a su pareja. Más allá de eso, la trama se nutre del triángulo chico pobre-chica-chico rico. El dibujo de Man bien, dinámico y aun teniendo más de veinte años a sus espaldas, si encontráis el tomo recopilatorio que Glenat sacó en 2009 no es mala adquisición para echar un rato.

Kung-Fu Mousse, de Nacho Fernández salió un año después del recopilatorio anterior, precisamente en la misma casa, Glenat. Desconozco si la idea era tirarle a este tipo de temática por parte del sello, pero el caso es que al pobre Nacho le hicieron reestructurar una historia pensada para 3 tomos en 1. Y claro, eso no hay dios que lo resista. Aun así, si os mola el estilo del bilbaíno, casi os recomendaría más el tomo que salió, a todo color, que las dos anteriores referencias. Bueno, y sin el casi. Diversión asegurada, que es lo mínimo que le puedes pedir a una historia que lleve en el título la palabra Kung-Fu.

Enter the Kann es una propuesta diferente en forma y fondo. De la mano de Víctor Puchalski, vemos a Kann, maestro del kung-fu, tiburón del business y con un ego que no le cabe en tremendo cuerpazo. Con esa mezcla no es raro que se lie la manta a la cabeza y quiera acabar con los siete maestros del kung-fu oscuro (otro tropo común que nos encontramos). ¿Por qué son oscuros los siete maestros? Pues porque mezclan artes marciales y magia negra. A partir de esa idea, Puchalski nos lleva en un viaje psicotrópico cargado de referencias muy diversas, que usa a discreción pero con una finalidad clara. A veces esas ideas funcionan. A veces no tanto. Pero la ambición de este proyecto debe anteponerse a un análisis resultadista. Como punto extra, la portada lenticular donde podemos ver a Kann lanzando un puñetazo si movemos el tomo es un puntazo de edición por parte de Autsaider Cómics.

Tigre Callejero, de mi hermano Ertito Montana… ya, ya, estaréis pensando que entra en este repaso solo por amistad, pero los que me conocen saben que no tendría los huevazos de recomendar algo que no sepa que os puede gustar. Invasión alienígena de fondo y un justiciero con casco de motorista, chupa de cuero y un bate de béisbol… pero con un pasado muy distinto. Como Ertito dice siempre, era un hombre volcado con el estudio de las artes marciales (Aikido para más detalles) más puras en armonía con la energía y la naturaleza. De ahí a reventar cabezas con un bate pasa por un evento inexplicable y cruento que lo marca hasta el punto de vivir solo con la venganza entre ceja y ceja. Si lo queréis, a visitar Zona 00 Comics.

Y acabo con un bonus track, porque no es una obra entera en sí, es el primer tomo de Ken Games, enorme tetralogía de José Robledo y Marcial Toledano que atesoro con cariño y releo cada vez que puedo en su edición de Diábolo. ¿Y por qué solo el primero de los cuatro tomos? Pues porque es el que se ajusta al requisito que yo mismo me he impuesto de cara a mencionar tebeos aquí, que sea de artes marciales. En este caso la historia gira en torno a Pierre, un matemático, hijo de matemático, con un don para ver números donde el resto ven la vida, pero que debido a una enfermedad de, precisamente, su padre (de donde viene la virtud, por ahí se acaba yendo), empieza a practicar el noble arte del boxeo. Y consigue aplicar su particular visión del mundo para ganar combates.